Tejiendo la Clínica

Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires, Distrito XV.
Escrito Final de la Escuela de Formación Clínica en Psicoanálisis.
Título: Tejiendo la Clínica.

Escrito realizado por: Lic. Guastadisegno, Mariana.
Tutora: Lic. Lucila López.
Año: 2016

Índice
Introducción.
Capítulo I. Las primeras entrevistas.
Sobre la transferencia.
Capítulo II. El caso “Lolo”.
Conclusión.
Bibliografía.

Introducción
El presente escrito surge a partir de los interrogantes que la clínica con niños presenta, de aquellas primeras entrevistas de consulta que se realizan con los padres, o con quienes se encuentre a cargo del niño por el cual se da la consulta.

Me encontré en diversas oportunidades preguntándome ¿cuáles podrían ser las intervenciones posibles con los adultos que consultan en los inicios de un tratamiento de niños, en aquellas primeras entrevistas?, ¿cuándo podría ser nombrado el ingreso a un tratamiento? Y en tratamiento ¿es posible trabajar solo con el niño?

Cada padre se presenta con una modalidad diversa, según su singularidad. Algunas veces colaboradores o dispuestos a preguntarse sobre aquel niño en consulta, en otras se presentan obstaculizados a la apertura de interrogantes, con expresiones en que ahí nada tendrían que ver ellos, premura por que el analista solucione lo que ellos consideran lo que les disgusta o molesta de ese niño, o se angustian, preocupados por aquello que le podría estar pasando al niño.

¿Cómo trabajar con los padres en la consulta de un niño?, ¿qué lugar ocupa ese niño para esos padres?

Cuando los padres consultan un entrelazado se presentifica, ese tejido como entrelazado posee una urdimbre y una trama. La urdimbre, hilo individual, que necesita estar en tensión, que posea firmeza, lo suficientemente resistente para sostener la trama. Esos niños que ellos fueron, sus recuerdos, vivencias. Y ese niño por el que consultan que les demanda, en principio acceder, hacerse presente a una consulta. Donde su narcisismo se pone en juego de diversas formas: como herida cuando ese niño deja de cumplir con lo esperado, caído de aquellos ideales del ideal del yo que agujerea, produciéndoles insatisfacción. Como fractura narcisista en el sin lugar al otro, donde no es posible lo uno y lo otro. O cuando ese niño en consulta aparece sin opacidades en cuanto a su brillo y el malestar se ubica en su entorno por ejemplo desde la escuela.

¿De qué se tratará trabajar con los padres en el análisis de un niño?, cómo se entrelaza lo propio de ellos, con lo que consultan y con la consulta por un niño, con el juego del niño.

Para ello, se recorrerá algunos pasajes de un caso clínico que convocan al analista a trabajar sobre estos puntos.

En el presente trabajo se realizará un recorrido a través de los diferentes momentos de la enseñanza tanto de Freud S., Lacan J., como así también se abordarán autores tales como Flesler A, Maud Mannoni entre otros.

Capítulo I
Las primeras entrevistas.
Freud Sigmund, neurólogo y psicoanalista austriaco del siglo XX fundador del psicoanálisis, en su artículo sobre la iniciación del tratamiento publicado en 1911 señala la limitación en la que se haya expuesto el tratamiento psicoanalítico, no es posible concebirlo como una técnica sistemática, ubicando así la singularidad del sujeto.

Según Freud (1911/2012):
La extraordinaria diversidad de las constelaciones psíquicas intervinientes, la plasticidad de todos los procesos anímicos y la riqueza de los factores determinantes se oponen por cierto a la mecanización de la técnica, y hacen posible que un proceder de ordinario legítimo no produzca efecto algunas veces, mientras que otro habitualmente considerado erróneo lleve en algún caso a la meta. (p. 125)

Si bien Freud S. no trabajó directamente con niños, los primeros psicoanalistas de niños contemporáneos a Freud S. se preguntaron cómo adaptar el método psicoanalítico utilizado hasta ese entonces para adultos al trabajo psicoanalítico con niños.

El psicoanalista de niños se dispone en el abordaje de cada constelación psíquica a un juego creativo, a un uso diferencial de los recursos en cada iniciación de la cura. Dada la diversidad y modalidad única de presentación de cada niño y quienes consultan por él. Cuyo aparato psíquico en constitución lleva a la pregunta y revisión del encuadre a implementar en cada caso.

En ese escrito Freud aconseja un período de prueba con una finalidad diagnóstica, para determinar si un caso es apto para el psicoanálisis, ese tiempo previo ya es el comienzo del psicoanálisis y se sujeta a sus reglas.

Un tiempo posible para distinguir si el niño presentaría un síntoma o un contratiempo en el anudamiento de su estructuración psíquica, que conllevará un recorrido estructurante, que demanda una articulación de los inconscientes de más de un miembro de un grupo familiar.

Según Flesler Alba, psicoanalista argentina contemporánea y miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, en su libro El niño en análisis y las intervenciones del analista publicado en 2011:
La puesta del acto analítico es abrir vías colaterales que distingan lo definitorio de lo definitivo. La persistencia de un goce sin discontinuidad en los tiempos de la infancia divide las aguas entre neurosis, psicosis y perversión. […]. Sin embargo, el destino del sujeto varía notablemente si la perdurabilidad se interrumpe, encaminando los goces en nuevas orientaciones aptas para la subjetividad del niño. (p.128)

Siendo las entrevistas preliminares momentos de apertura, inicio del juego, escucha del analista del hilo de la trama, en ellas se van configurando cómo fue constituyéndose el síntoma o falla en la estructuración psíquica del niño que movilizó la consulta y un modo de funcionamiento que lo sostiene como tal. Las intervenciones del analista en las entrevistas preliminares se funden con el tratamiento mismo, dado que el analista escucha la palabra de un sujeto que sufre, ese Otro del cual se supone sabe, se produce según las formulaciones de Jacques Lacan (1964/2013), psiquiatra y psicoanalista francés del siglo XX fundador del psicoanálisis lacaniano, en el Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis dictado en 1964: “la puesta en acto de la realidad del inconsciente” (p.152) en la dinámica de la transferencia. Tanto con los padres del niño, como con el niño de la consulta, el analista se presta a encontrarse con sus propias fantasías y con su deseo, provenientes de su historia y de su análisis. El deseo del analista es conducir al sujeto a su verdad.

La primera entrevista es generalmente con los padres, ellos suelen presentarse de un modo variado, aunque podrían preguntar quién debería asistir ese día, se presentan configurando quiénes son los consultantes y el analista les da el ingreso. Dando lugar a un modo de presentación singular permitirá que una escena se despliegue en un marco analítico.

Dolto Françoise (1984/2011), médica pediatra y psicoanalista francesa contemporánea en Seminario de psicoanálisis de niños I publicado en 1984 en español, refiere “un niño que llevan a consulta, con frecuencia es el síntoma de los padres” (p.13). La posibilidad de acceso a una consulta con un analista en algunos casos se realiza solo a través de su hijo. Ese niño actualiza conflictos no resueltos con sus propios padres. Los padres piden, se preguntan, se quejan, marcados por cadenas de repeticiones.

En algunos casos los padres se presentan impotentes ante lo que les acontece a su hijo, frustrados por recurrir a una consulta en busca de ayuda, heridos en su narcisismo por el decaimiento del ideal de niño perfecto, o ideales de crianza no posibles de ser alcanzados, decepciones que signan las vicisitudes de una relación. Pero, quienes mejores que los padres, seres con sus dificultades, logros, fracasos, deseos, conflictos, quienes conforman un lazo con el niño, con quienes tramitan los avatares del Complejo de Edipo, serán aquellos que aporten las redes significantes de cada consulta. El analista se abstiene de un papel tutelar, reparador o educativo, trabaja con los padres del niño en consulta con sus fantasías, imaginario y de lo Real.

En el relato de la historia del niño que proveen sus padres, la secuencia de sus relatos la despliegan ellos ligando recuerdos a otros recuerdos, transmitirán trozos o depositarán en el analista qué los trae a la consulta. Cuando la transferencia no está instalada preguntar para recolectar información genera respuestas conscientes forzadas que obturan la posibilidad de enlace de recuerdos anudados a afectos, significaciones propias. Pero, según la posibilidad de cada sujeto en la apertura de su trama que configura recorridos en su historia, se hace necesaria la pregunta del analista cuando se encuentra obstaculizado el despliegue de lo propio. La intervención del analista en las primeras entrevistas procura la apertura de las manifestaciones inconscientes, lapsus, contradicciones, olvidos, silencios.

Entonces, la historia que los padres traen a la consulta es primordial dada que es la historia que han construido sobre ese niño, sobre ese modo de vincularse con él, es la historia que le transmiten a ese niño; un fragmento de ella podrá ser expresada al analista.

No será posible predecir la cantidad de entrevistas que se considerarán como las primeras; lo que el analista intentará ubicar es el padecimiento del niño en esa construcción discursiva, el lugar que ocupa ese niño para esos padres, con quién lo identifican, defensas predominantes, transmisiones inconscientes de generación a generación.

Según Mannoni Maud (1964/1981), psicoanalista neerlandesa contemporánea y miembro de la Escuela Freudiana de París, en su libro La primera entrevista con el psicoanalista publicado en 1964:
El psicoanalista permite que los pedidos y las angustias de los padres o de los jóvenes sean reemplazados por el problema personal y específico del deseo más profundo del sujeto que habla. Este efecto de revelador él lo logra gracias a su escucha atenta y a su no respuesta directa al pedido que se le hace de actuar para lograr la desaparición del síntoma y calmar la angustia. Al suscitar la verdad del sujeto, el psicoanalista suscita al mismo tiempo al sujeto y a su verdad. (p. 7)

Los padres se presentan a consulta percibiendo o no el sufrimiento del niño, se presentan enojados, angustiados o enfatizando el efecto que el accionar del niño les provoca. En una consulta por un niño hay varios sufrimientos en juego: el de los padres, abuelos, cuidadores, educadores, médicos tratantes. El adulto que consulta por un niño, se le presentifica su propia historia infantil. Las fantasías con respecto a ese niño aparecen en las primeras entrevistas, el modo en que cada uno de los padres construyó una historia para ese niño, las expectativas depositadas en él y el analista reconstruye lo que no funciona según lo esperado. El narcisismo herido se hace escuchar. Varias historias se abren al mismo tiempo, la del niño, la de los padres, los antepasados, cada una con un entramado particular, tejido desde sus representaciones. Algunas veces los relatos se presentan confusos o sin fisuras, con contradicciones. El psicoanalista desde su posición escucha a los padres y junto a ellos descubrirá sus deseos, repeticiones, mandatos, ideales, prohibiciones. No responderá a pedidos o quejas, dado que el otro es un semejante diferente y el psicoanalista no posee un saber sobre ellos. Está ahí configurando un espacio para que ellos “se” escuchen posibilitando la apertura de un trabajo analítico. Circunscribir el síntoma del niño a la trama familiar desplegada hasta ese momento, el analista pone en palabras el sufrimiento del niño y cómo sus padres responden a ello.

Hay entrevistas en las que determinaremos si existe la posibilidad en esos padres de historizar sobre el niño, fantasear sobre su futuro, cambios, logros, un ser diferente a ellos. Cuando esto no ocurre el trabajo del analista, en el tratamiento de un niño, se tratará de construir junto a los padres esa representación de otro a partir de su propio acontecer, desde sus proyectos, sufrimientos abriendo a la diferenciación de lo uno y de lo otro.

Según Flesler Alba en su libro El niño en análisis y el lugar de los padres publicado en 2014, realiza un cuadro del cual me serviré.

Los Padres / El niño / La transferencia
Consultan. Buscan saber (preguntan). / El niño como objeto de deseo. / Vertiente simbólica de la transferencia.
No consultan demandan (no preguntan). / El niño como objeto de amor. / Vertiente imaginaria de la transferencia.
No demandan, los mandan (no hay preguntas, solo respuestas). / El niño como objeto de goce. / Vertiente real de la transferencia. (p.144)

Se dan diferentes tipos de consultas según el estilo de cada uno, cierta modalidad de presentación permite al analista orientarse en su intervención, a modo de brújula en la transferencia y en la escucha. Los padres inician la consulta, pero no siempre ellos consultan, ¿demandan? El niño causa un malestar familiar y surge la necesidad de cambiarlo lo antes posible, acallarlo. Con un predominio de funcionamiento expulsivo, hay una herida de la imagen narcisista, el niño no responde según lo esperado por sus padres. Son consultas donde prima la desesperación, la angustia, el desborde, suelen ser casos con cierto predominio de funcionamiento narcisista con prevalencia a la confrontación, lo no tolerable del niño es vivido como un ataque, florecen sensaciones de fractura, viven al niño como un extraño, con preponderancia de afectos de odio, culpa. Entonces, será un primer tiempo de entrevistas con los padres donde ellos se sientan escuchados para que puedan ir registrando lo que sienten. La escucha es activa, la atención se mantiene pareja, el juicio permanece en suspenso, se atiende a la observación dado que no se intenta comprender en el inicio el material de un caso clínico.

Se tornará imposible no dar lugar a la demanda de los consultantes a sus sensaciones y sentimientos sino podrían ser vividos como una expulsión de parte del analista. Les es complejo descentrarse de sí mismos y pensar al niño como un ser que sufre.

Cuando la angustia desborda a los consultantes porque no la pueden soportar si no cuentan con los recursos posibles para que esta sea motor e iniciar aperturas, aparece cierto reclamo de cierre rápido, se busca en el analista una respuesta precisa, un rótulo que evite el pensar, por ejemplo que el analista enuncie un diagnóstico. Algunos consultantes ya se presentan con un diagnóstico, que produce un “falso saber”, o han rotado por diversos profesionales hasta que han encontrado quien se los provea. Buscan en internet o acceden a manuales de clasificación e intentan encasillar, hacer coincidir esa descripción sintomática con ese niño de la consulta, desinvistiéndolo al niño para ubicar en su lugar a un enfermo, un discapacitado, dándole estatuto a su ser en “un ser especial”. Eso produce alivio, y sería un falso saber dado que se torna imposible abarcar a un sujeto en una denominación; con el intento de dejar exenta la conflictiva del niño que involucra a los padres y congela las constantes transformaciones. Aparece cierto cierre en la búsqueda del saber.

Aquellos padres que se presentan a consulta derivados por una terceridad que registran ciertas dificultades, se presentan enojados porque no logran ubicar el sufrimiento del niño y atribuyen que esos otros los atacan, desestimando un fragmento de la realidad. Se desmienten las dificultades del niño, de ellos mismos y la terceridad se ubica como un perseguidor. El analista debe maniobrar para no ser ubicado en posición similar. También se trataría de un funcionamiento narcisista, cuya labilidad genera una percepción que aceptar cualquier dificultad en el niño pudiera generar una crisis. Un quiebre de sus sueños y sus ideales.

El niño es situado como igual al adulto, yo no tengo problemas por lo tanto él tampoco, quedando el niño indiferenciado del adulto, borrando las diferencias generacionales, causándole desamparo. Esta modalidad de afirmación podría configurarse para minimizar el sufrimiento del niño, desconociéndolo como sujeto. El primer paso será intervenir en la comprensión del sufrimiento del niño y abrir al juego de las diferencias, para dar salida a la pura repetición de lo igual.

Y estarían aquellas consultas en las que los padres registran al niño como sujeto sufriente, con conflictos, con contradicciones y posibilidades. En ellos aparece la angustia, la duda sería la señal de que operaría la represión, pueden diferenciarse del niño, y a la vez ubicar similitudes e identificarse sin predominio masivo. Las intervenciones se tratarán de abrir interrogantes, allí donde el vacío queda obturado por lo lleno. Se podrán ir enlazando los aconteceres del niño con la historia familiar, los miedos e incertidumbres.

Según Flesler, A. (2014):
El primero de los casos es el más abierto al lugar de síntoma que el niño ocupa en la pareja parental; el segundo presenta el costado amoroso del narcisismo de los padres y el tercero, la expresión más o menos rotunda del goce cuando el niño encarna o bien el lugar del fantasma materno o en el goce del padre, perverso. (p. 144).

Sobre la transferencia.
En el trabajo con niños el analista soporta diferentes transferencias simultáneas, esta dificultad se hace presente en los diferentes momentos de un análisis con un niño. La pregunta ¿En qué lugar el analista puede ser ubicado por cada uno de los participantes en el tratamiento con un niño? será una constante a trabajar como así también la contratransferencia que le despierte al analista. Ubicar la emoción que acompaña cuando ocupamos cada uno de esos lugares es una tarea a pensar cada vez, en donde la trama transferencial se signa de enojo, idealización, amor.

Cuando la negativa de ingreso aparece en un niño, el analista se pregunta sobre ¿quién o quienes la sostienen?, en la desmentida de sus dificultades ¿quién o quienes desmienten las mismas? O ¿quién o quienes desestiman sus fracasos?, desestimación de trozos de la realidad de ese niño.

El niño puede denunciar que no sería él quien debería asistir al tratamiento y ahí el analista se pregunta ¿qué pide ese niño?, ¿a quién solicita que se le haga cargo de lo que le pasa? y ¿por qué?

Esa negativa de ingreso podría sustentarse en la suposición de una alianza del analista con el adulto que lo sostendría en un lugar de desecho, donde la desestimación y la expulsión de lo propio retornan como lo siniestro. Cuando los adultos suponen que las dificultades están en los Otros, denegando las dificultades del niño ¿por qué el niño querría asistir? Al entrar acompañados, se produce un despliegue mutuo de las dificultades, los conflictos, los vínculos familiares. Para los adultos ofrecerle a un niño un espacio de análisis implica circular por otros espacios libidinales, establecer un lazo con otro adulto por fuera de lo familiar para revisar trozos de su historia. Abrir al juego sus propias historias, y al analista abrir al juego recuerdos, sentimientos, trozos de su historia rediviva en la relación contratransferencial con ese niño, sus padres, educadores, médicos. El trabajo del analista es operante cuando su encuentro con esos Otros en análisis lo conduce a reencontrar algo de sí mismo, rememorado, repetido y elaborado en su análisis. Sin embargo, no siempre pasa. Y cuando no pasa, el analista se verá trabajando en la continuación de su propio análisis.

Lo primordial en el encuentro con un analista, es la manera de recibir y de escuchar la palabra del que viene con su sufrimiento, la transferencia y el acceso al inconsciente. Este trabajo será necesario con los padres de un niño en consulta para habilitar la elaboración de aquello reprimido, desmentido, desestimado en la historia con ese niño.

Según Lacan (1969/2013) en el Seminario 16 De un Otro al otro dictado en 1968-69:
Debemos situarlas todas respecto de estos tres términos cuya presencia, peso, instancia, lo queramos o no, lo sepamos o no, hacemos sentir a lo largo del análisis por la manera en que comprendemos la bibliografía segunda, o más bien la primera, llamada infantil. La llamamos original aunque ella solo puede estar allí para enmascararnos la cuestión –sobre la que tendríamos que interrogarnos verdaderamente– de lo que determina. Su soporte único está siempre, por supuesto, en la manera en que se presentaron los deseos en el padre, en la madre, es decir, en que ellos han efectivamente ofrecido al sujeto el saber, el goce y el objeto a. Consiguientemente, esto debe incitarnos no solo a explorar la historia del sujeto, sino el modo de presencia de cada uno de los tres términos. Allí reside lo que llamamos impropiamente la elección de la neurosis, hasta la elección de neurosis y psicosis. (p. 302)

Este apartado aporta la pregunta ¿Qué determina esa bibliografía infantil?, que se le presentó a ese niño de la consulta por parte de cada uno de sus padres en sus diferentes momentos evolutivos incluso antes de nacer, y nos lleva a la pregunta que le fue presentado a esos padres en su bibliografía primaria. Por ello, Lacan considera que llamamos impropiamente elección, dado que no se trataría de una elección propia del sujeto, sino de cómo ese niño fue y es hablado por los adultos que Lacan (1969/2013) nombra “adulto – debemos decir profundamente adulterado” (p. 301). Y ¿Cómo se jugó esa presencia de aquello que se le presentó por esos Otros?, entonces será ineludible el trabajo con los padres de ese niño en consulta.

El “no” de un niño a asistir a la consulta deberá ser despejado si se trataría de la identificación con uno de los adultos, o sostén inconsciente de continuidad que tiende a lo igual donde prima la repetición; su “no” ¿podría ser un intento de establecer una diferencia?, imponer su voluntad, o abrir a la pregunta a ¿a qué está jugando ese niño con ese no? Al abrir el juego de la trama de la historia de ese niño el analista debe ser soporte del despliegue de hostilidad, angustia, deseos. Ese “no” ¿será un movimiento posible de salida a quedar atrapado en el narcisismo del Otro?

Es interesante la pregunta ¿qué busca un niño en una situación analítica?, un adulto que no lo coma, no lo trague, no se desborde en espejo con él, que no lo tenga que contentar, que pueda desplegar sus terrores, sus miedos, poner a jugar su modalidad, poner a jugar lo propio con Otro que se sostiene y le traduce lo que le pasa sin quedar confundido con ese Otro, un espacio donde puedan ser escuchados, mirados, donde se puedan jugar los afectos, los recuerdos, las emociones, las pasiones, lo siniestro. Donde el analista esté disponible, sea soporte y sostén pero que no se encuentre atrapado en la demanda de los adultos que consultan por ese niño.

Capítulo II.
Elegí este caso clínico por su modo de presentación clínica, su problemática en la experiencia analítica y sus diferentes momentos de atravesamiento.

El caso “Lolo.”
Al momento de la consulta Lolo tenía 7 años, el colegio insistió tenazmente que retome los tratamientos, a los que habría acudido a partir de sus 6 años, cuando tuvo Obra Social y por falta de pago discontinuó. Egresó del jardín portando de diploma un Certificado de Discapacidad (T.G.D., Retraso Mental Leve), así, el terreno de lo infantil sembró lo que no anda, lo que falla. Su ingreso a la Escuela Común fue de la mano de la Escuela Especial y su mamá consultó porque Lolo: “no quiere entrar al colegio, llora, no quiere ir, al acercarse el horario de ingreso comienza a vomitar.” Ella había acudido a varias instituciones tales como Hospitales Públicos, Salitas, Centros Periféricos zonales, solicitando retomar los tratamientos del niño, pero no tenían lugar para él. Él quedaba en una lista de espera, pasaba el tiempo y nunca se comunicaban para darle lugar a esa consulta. Si bien, es un real la saturación en los entes estatales, este niño era nombrado con cierta dificultad en el ingreso, caído de lo institucional. A ella le resultó muy difícil historizar sobre su hijo, lo presentó con informes de profesionales, y sostuvo que todo empezó a los 6 meses de edad del niño, cuando se cayó de la cama materna; esa caída le había producido un hematoma extradural por una fractura parietal del lado izquierdo, lo que conllevó una intervención quirúrgica. Ella dijo: “tuvo un golpe tonto, yo me levanté un segundo y se golpeó. Él lloró, lo levanté, se calmó, le di la mamadera, vomitó y se fue a su mundo. No tengo palabras, pero lo que le pasa a él no tiene nada que ver con eso, no presentó secuelas”.

Según Lacan (1973/2014) en el Seminario 20: Aún dictado en 1972-3:
Lalengua nos afecta primero por todos los efectos que encierra y son afectos. Si se puede decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es por el hecho mismo que los efectos de la lalengua, ya allí como saben, van mucho más allá de todo lo que el ser que habla es capaz de enunciar. (p. 168).

Según Bonnaud Hélène, psicoanalista, psicopedagoga francesa contemporánea, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, en su libro El inconsciente del niño. Del deseo al saber publicado en 2014, el inconsciente es tropiezo, equivocación, tachadura. El inconsciente se presenta disfrazado, en el niño el sistema inconsciente no se halla claramente diferenciado como tal; la represión primaria pudo no haberse consolidado, por lo tanto en el análisis de un niño la interpretación propiamente dicha no le pertenece, la censura opera en menor grado, por lo tanto, se apela a los procesos defensivos que están en juego, las posibilidades representacionales, la modalidad de expresión; como sistema hay inscripciones que precisan de la repetición, se trabaja con aquello que insiste. El niño en sus primeros años necesita de un Otro que lo ayude a resolver sus estímulos internos-externos hasta lograr subyugarlos psíquicamente, las palabras y los gestos de ese Otro obran dándole un sentido a lo propio. El analista posibilita instaurando nexos y diferencias cuando predomina el rechazo a la inscripción, se repite lo displacentero con el intento de tornarlo placentero y se repite lo placentero, como reencuentro con lo mismo.

Lolo negó con la cabeza posibles motivos de consulta que esbocé y se desplomó en el diván. Eligió una casa de muñecas, con mi ayuda armó con masa una figura humana que se desarmaba, la introdujo en la casa, la cerró y gritó. Intervine “hay alguien adentro, nos está llamando, ¿querrá salir?”. Del cajón de juguetes sacó y sacó juguetes, encontró un martillo y un destornillador, intentó introducirlos en la casa y cerrarla, el tamaño de esos objetos no permitió el cierre. Intervine: “¡ese amigo necesita de sus herramientas!”. El grito como fuerza pulsional, arrojó objetos fuera de la caja de juegos como dominio de la musculatura creando espacio adentro–afuera.

Otro juego de Lolo fue desplazar tres camiones de un lado a otro, dos de ellos se chocaban entre sí. Introduje el semáforo, cuando nombré el rojo los camiones se detenían, con el verde avanzaban y con el amarillo él gritaba, mientras dos camiones chocaban entre sí. Intervine: “¡camiones, cada uno tiene su lugar en el tránsito!”, un cuarto camión funcionó como guía de tránsito, ayudó que circulen, hizo multas, lo que más adelante permitió que jugaran carreras, pero los choques entre sí prosiguieron. En un principio su actividad motriz se presentó desordenada por la imposibilidad de dominar lo traumático, por la irrupción del desarrollo del afecto.

Luego, sostuvo un juego que presentó variaciones a lo largo del tiempo, fue el de la familia de animales salvajes. Una familia de leopardos compuesta por la mamá, el papá y un bebé; Lolo le dio a la analista una familia de leones compuesta con los mismos integrantes. Bebé leopardo se subía a un camión y se caía mientras gritaba; si la mamá o el papá le pedían que baje, el bebé respondía que: “¡No!”. Intervine: introduciendo el dolor, ¡al leopardo le dolió, ¿estás bien?, llamemos al doctor!; bebé leopardo proponía desobedecer a sus papás y jugar en las alturas; bebé león le dijo que: “me gusta mucho jugar con vos, pero mi papá y mi mamá no me dejan jugar tan alto porque me puedo lastimar”. Bebé leopardo repitió una y otra vez su caída; con el paso del tiempo otros juegos como la mancha, hacer comida, el fútbol y, en varias ocasiones bebé leopardo se caía jugándolos. La introducción del “NO” de bebé leopardo, puede ser leída como acotar el pedido materno o paterno, asumiendo a su cuerpo como propio. Intento de separación, de introducción de su rasgo que lo distingue, que le abre espacio a lo no idéntico que le es propuesto; según Flesler (2014) intento de inaugurar un intervalo. Cae, recreando la escena traumática que intenta elaborar en las diversas escenas de juego. Ausencia de un cuarto integrante en la familia de animales podría representar el deseo de la muerte del hermano menor y la ausencia de la aparición de lo propio de Lolo en la trama familiar.

Cuando enunciaba la finalización de la sesión, Lolo se tiraba al piso o al diván, tanto en un lugar u otro giraba de un lado a otro golpeándose. Parecía no registrar dolor, sus movimientos eran poco controlados, arrojó su cuerpo una y otra vez, lo dejó caer. El posibilitar y propiciar su movimiento le permitió dominar su musculatura, separación de un otro, ligar lo traumático y apropiándose de lo vivenciado. Intento de tramitar la pulsión de muerte haciendo activo lo vivido pasivamente mediante su uso.

Su lenguaje verbal era escaso, no usaba pronombres, se expresaba con predominio de miradas y gestos, tenía intención de comunicarse, imitaba en espejo a la analista, su tono de voz era bajo y su prosodia no presentaba variabilidad, omitía consonantes o intercambiaba letras, lo que hacía casi inentendible su expresión. No escribía palabras solo; si se le deletreaba podía relacionar fonema–grafema, no separaba las palabras. Según Iuale Luján (2011/2016), psicoanalista argentina contemporánea, miembro de la Institución enlace Clínico, la falta de nominación da cuenta de la ausencia de creer en la existencia del ser, que vializa la afirmación del yo. El uso de la abstinencia de no adivinar, suponer, superponerle palabras a su modalidad de contar, preguntando cada vez, con la intención de dilucidar su decir, brindándole los medios de expresión para ello, tales como los juguetes, la masa, los elementos para dibujar.

A los tres meses de vida del niño su abuelo (de línea materna) falleció, muerte que según describió la madre del niño habría convergido en un duelo patológico para ella. Tiempo después su abuela se resbaló, cayó y se fracturó la cadera, quedó postrada en una cama, fue atada en una habitación contigua de donde durmió el niño y finalizó sus últimos meses de vida con un diagnóstico de Demente Senil. La mamá de Lolo nombró a su madre discapacitada, por el diagnóstico que recibió de Alzheimer; se nombró a sí misma discapacitada porque nació con una pierna más corta que la otra, al año y medio fue operada; explicó que su madre fue extremadamente precavida con ella y no la dejaba jugar. Durante su escolaridad no realizó educación física, hasta que en el secundario una maestra movió esa posición; según Mannoni (1964/1992) en su libro El niño retardado y su madre, el discurso materno que superpone el hijo a la madre.

El motivo de consulta inicial materno en relación a la dificultad del niño en el ingreso a lo escolar, petrificaba al niño en quedarse en casa con mamá, da cuenta de goce incestuoso. La dinámica de la transferencia en entrevistas a padres reinó la proyección masiva y una modalidad persecutoria en la que prevaleció la vertiente imaginaria, a través de la idealización del hermano del niño, desmintiendo las dificultades de Lolo, ausencia de interrogación. Es por ello, que el trabajo consistió en enlazar imaginario y simbólico. Uno de los juegos de Lolo fue incluir un pato, que no se le entendía lo que quería decir, hacía macanas, no obedecía, tenía un moño rosa en el cuello y cuando empezó a hablar, después de su cumpleaños número 4 le pidió a su mamá que se lo saque. Ese cambio en el juego se posibilitó cuando la madre del niño, con angustia, pudo hablar de su desconocimiento sobre sus gustos e intereses “yo solo sé cuidar a Lolo” y su corte de lazos familiares y sociales por percibirse juzgada por las dificultades del niño.

Lolo trajo al consultorio para poner a jugar un juguete babosa, que por momentos perdía la cabeza, era pegajosa y molestaba a los animales estándoles encima. Los animales empezaron a esconderse de ella en una cueva que crearon, para más adelante incluirla en un juego de las escondidas.

El padre del niño se incluyó en el tratamiento de un modo bastante activo; él se encargó de traerlo a las sesiones, dijo que: “A la edad de Lolo yo también tuve dificultades en el habla, cuando me ponía nervioso tartamudeaba”, identificándose a su hijo en un rasgo, posibilitador de alguna salida posible de lo materno. Cuando el niño empezó a presentarse sucio a las sesiones por hacerse caca encima, permitió abordar la ecopresis del niño, aspecto renegatorio en sus padres, y mostró la cara más violenta y agresiva en la transferencia, la aparición del odio, vertiente imaginaria, lo imposible de nombrar que no se enlaza a lo simbólico. Su padre se nombró no reconocido y su madre empezó a hablar de que no encuentra otra posición más allá del ser toda madre. El niño en ese hacerse ver evidenció una vuelta en su modalidad pulsional e intervine: “Lolo, caca se hace en el inodoro, vos dejaste los pañales de bebé”; luego de esa intervención los animales salvajes festejaron su cumpleaños número 12 y él los intercambió por otros de otro tamaño.

Lacan, J. (1969/1983), en su artículo: Dos Notas sobre el niño diferenció el responder de revelar. Responder como sujeto al Otro, desde el lugar inicial donado y configurado por el Otro; la elaboración del sujeto en su respuesta, al no todo, es la presencia del intervalo, el trazo propio, lo no idéntico. Y revelar es saturar, sustituir a ese objeto que debe faltar; falla la falta. ¿Qué le pasa a la madre sin la presencia de su hijo? ¿Qué lugar se le asigna a Lolo?, como objeto de la mirada materna, si Lolo se corre aparece la angustia materna. ¿Quién cuidaba a los bebés? ¿O el bebé procuraba en su presencia la angustia materna?

En el par presencia–ausencia, dado que el Otro no está presente, el niño de una situación que le produce angustia en su manipulación lúdica puede hacer algo con eso que lo angustia, obtener placer. Esto se da ante la ausencia del Otro, lo que permite preguntar por el deseo del Otro, en la introducción de la metáfora paterna; si hay respuesta hay triunfo del sujeto.

Se trabajó con entrevistas vinculares de hermanos; ese hermano que era nombrado por sus padres como el niño sin dificultades, al ingresar al primario el gabinete escolar sugirió derivarlo a diferentes espacios de evaluación. Fue en aquel tiempo que Lolo mostró otro tipo de desempeño en sus aprendizajes desde la escritura hasta la lectura, en el área de matemáticas, participativo en la clase y hacer lazos sociales. En esas entrevistas él fue ubicándose como hermano mayor.

Este tratamiento fue discontinuado por los padres; retomaron a los mismos mediante la obra social.

Conclusión
Destaco como primordial en la consulta por un niño la escucha del analista y sus intervenciones que posibiliten el acceso al inconsciente de la verdad del sujeto y la transferencia. Esto se aplica con los padres y con el niño para habilitar la elaboración de aquello reprimido, desmentido, desestimado y elaborar su historia.

Desde la demanda de una entrevista por un niño la posición del psicoanalista sostiene el acto psicoanalítico, el discurso y el sujeto del inconsciente ya desde las entrevistas preliminares. El hacer psicoanalítico implica al sujeto como tal, al sujeto del inconsciente sujetado al deseo del Otro, en análisis es puesto en acto. La transferencia es la puesta en acto de la realidad del inconsciente, que incluye al analista en posición de semblante. Los fallidos, lagunas, lapsus, esos actos, esos significantes son la vía de acceso al deseo del sujeto imposible de asir más que por vía del discurso del Otro y de la relación de este con su deseo. El acto psicoanalítico designa un modo que suspende lo instituido, lo cuestiona e inaugura un nuevo deseo. Acto psicoanalítico que propicia pasar de una posición de alineación necesaria al discurso del Otro, a la separación de este. El analista está allí para sostener ese acto desde un inicio; el analista no responde a la demanda, sostiene el restarse, se le adjudica un cierto saber en relación a su deseo, lugar imaginario. No responder a la demanda desde el ideal ni desde el amor, para permitir el pasaje de la transferencia imaginaria a la simbólica; eso implica comenzar a implicarse e implicar al Otro en ese que no anda, ¿qué tengo que ver con eso que le sucede a mi hijo?, cómo se posiciona ese sujeto ante eso que desea. Según Lacan (1969-70) distinguir entre responder y realizar, responder al lugar donado por el Otro al lugar que el sujeto diseña como propio, en el intervalo de lo no igual, trazo singular; al realizar la presencia del objeto, falla la falta. En las entrevistas a padres se ubica la significación de ese niño para ellos y con el niño la respuesta del sujeto; por ello se trabaja con ambos.

En el caso Lolo las entrevistas preliminares brindaron al analista la ocasión de localizar el alojamiento del niño en los padres, su imposibilidad de historizar sobre los tiempos de la infancia y presentar al niño a través de informes de profesionales y un diagnóstico. Que lo ubicó en superposición con su madre, ausencia de intervalo, ininterrumpida continuidad a lo largo de generaciones que le da un lugar de ser discapacitado. Por lo tanto, lo que no funciona, lo que no anda tiene su respuesta en ese diagnóstico, que desimplica a los padres. Renegación de la caída del niño que implicó una intervención quirúrgica en tiempos de un duelo melancólico de la madre; la estructura psíquica de la madre del niño se puede pensar desde la neurosis narcisista, el niño como objeto que condensa el goce y el amor, por la ausencia de recreación de los goces, el niño posicionado en ser el falo y para su madre sin un más allá del niño. Donde los límites y el alojamiento del niño fallaron.

Se apostó al sujeto, el sujeto es concebido como lo que representa un significante para otro significante, en tanto está presente en los significantes del inconsciente; es el saber que produce el psicoanálisis. El analista encarna el sujeto supuesto a saber, se trata de un saber que ningún sujeto sabe cuál es, es la apuesta al inconsciente. El analista interroga desde su posición en la transferencia el goce.

Las intervenciones en entrevistas a padres apuntaron a ahuecar las continuidades del espacio del Otro, para introducir la discontinuidad, una apertura temporal en la continuidad del goce. Se trabajó con entrevistas individuales con la madre del niño, dado que cuando se presentaron ambos padres la madre del niño pedía que responda el padre; cuando ella pudo historizar sobre sí, ubicar diferencias de lo propio de lo del niño, angustiarse por desconocer de sus gustos y reconocerse en la función materna para luego descontarse posibilitó cambios de juego de Lolo, recorridos, recreación de goces.

Las entrevistas con el padre del niño abordaron cuestiones en las que él se nombraba vacilante en su función paterna, caído de la misma o asumiéndola desde la violencia por la ausencia de recursos para abordar la impotencia que le generaba la frustración cuando las cosas no le salían como esperaba y desde la identificación de rasgos que rechazaba de su hijo cuando se veía similar a él en su tiempo infantil. Idealizando a su otro hijo, desmintiendo las dificultades de Lolo, recreando tiempos de su infancia con un padre violento.

Las entrevistas a ambos padres mostraban la lógica de funcionamiento de ellos y el lugar asignado al niño en la discapacidad para entender las proyecciones a las que se enfrentaba el niño y cómo era hablado por sus padres.

En el último tiempo del tratamiento con este niño se jugó a atravesar su nombre propio, con juegos de partidos de fútbol, cara más amable donde se hizo oír la voz de su padre en la elección de su nombre, momentos en los que Lolo hizo trampa para ganar, ganar un lugar, responder como sujeto al Otro y la analista pudo perder en el juego y perderlo como analizante para que otro nuevo espacio se instaure.

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